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"Ai Shiteru"  
Basado en Slam Dunk
RuHana
By Alex

 

Un minuto para reconocernos, menos de un segundo para amarnos.

  

Una hermosa bola amarilla se expedía en lo alto del cielo, con sus dorados rayos cayendo por el hermoso distrito, con su radiante, luz dorada. Todo, todo era perfecto, el amanecer y el medio día. Todo estaba hecho y dispuesto para que esos dos chicos se juntaran, pero había un pequeño defecto: no lo sabían.

Un muchacho de cabellera negra y ojos sesgados pedaleaba su bicicleta, sus ojos semi cerrados no le permitían mirar más haya de sus narices. Cinco años habían pasado y seguía igual, ni siquiera el estar viviendo en Inglaterra, para ser más preciso Londres, le habían quitado esa terrible costumbre: dormirse en cualquier lugar. Más de una vez estuvo a punto de perder la vida por su estupidez, sin embargo, parecía no importarle mucho.

Un fuerte grito se escucho cuando finalmente decidió abrir sus ojos. Miro perezoso lo que estaba ocurriendo. Una pequeña niña con rulos cafés oscuros se había acercado a él para preguntarle si se encontraba bien, tenía sus ojos desorbitados y no podía enfocar muy bien del todo. Observo con desespero la escena. ¿Qué había ocurrido? Parlo un par de palabras pero al parecer no fueron entendibles. Rasco su cabeza desesperado y entonces miro con horror lo que había sucedido.

Había chocado con una señora, de aspecto amable y ojos verdosos. Enfoco un poco más, con cierta dificultad pero lo hizo. La mujer de abundante cabellera rojiza se encontraba sentada del lado opuesto de la banqueta, tenía un gran moretón en su pierna derecha. Una interrogante apareció de pronto. ¿Dónde estaba?

Miro para todos lados y observo que inconfundiblemente había llegado al parque en donde había jugado, hasta sus diecinueve años. Confundido y atrofiado se levanto, no tuvo que imaginar mucho para darse cuenta que el había sido el causante de que la mujer cayera al suelo y por ende el bolso del mandado quedara regado por todo el lugar.

<Señorita ¿Se encuentra usted bien?> Unos ojos como gato destellaron un fuerte fulgor. Esos ojos.

<¡Imbécil! Mira lo que has hecho ¡Baka! ¿Por qué demonios no te fijas por dónde caminas...?>

Si, parecía que todo estaba bien. Dio media vuelta y se dirigió a su bicicleta, estaba con las ruedas mirando al cielo. Un bufido de desespero apareció en sus labios, no más transporte para él, por lo menos hasta que regresara a Londres.

Cerró sus ojos, con tristeza miro el grabado en la pintura roja. Un nombre en letras kanji. ¡No! Ahora no era el momento de recordar. Miro al cielo y deseo, con el corazón olvidarse de los terribles recuerdos. Ahora nada importaba, más que él y su preciado basket ball.

<¿Te encuentras bien?> Sus ojos se enfocaron en la pequeña chiquilla que había visto en un principio. Era sumamente hermosa y esos ojos. Tendría como unos cuatro años quizás un poco más, pero se le veía llena de vida, con felicidad rebosante con esa sonrisa que tenía impregnada.

<¡Si!> fue su escueta respuesta.

<¡Oye! ¿Qué te paso en la frente?> pregunto la pequeña mientras se asía de su mano blanquecina. <Ven mamá te curará, es una gruñona pero no le hagas caso, mi papi dice que toda su vida será así, ese genio es de familia…>

Rukawa no entendía nada, pero la calidez de la pequeña manita de la chiquita le provoco una calida sensación en su corazón, como hacia años no la sentía. Se dejo llevar hasta la mujer que con la que había chocado.

<Mami, cura al señor, mira esta sangrando. Anda, hazlo, tu siempre curas a papá, ¿Por qué a él no?> La mujer le miro con ojos despectivos pero al instante hubo un calor agradable en ellos. 

<¡Hmmm! Esta bien, pero solo por esta vez, no quiero que pienses que soy una desalmada…> susurro mientras terminaba de recoger un par de latas que estaban regadas a mitad de la cera.

<¡Ves! Te dije que mi mamita era buena… tu también lo eres, se te ve en tus ojos azulitos, aunque también veo mucha tristeza. ¿Por qué? Mi mamá y mi papá te contentaran, ellos son muy buenas personas.. ya verás que te querrán igual que a mi..>

¡Ah! Cuanta inocencia había en esa pequeña, pero por alguna extraña razón dejo llevarse por ella, con su manita asida a la suya. ¿Por qué sentía ese calor en ella? Bondad y no desprecio. Amor y no odio. Los niños suelen ser muy dulces, pero esa chiquita en especial era… era una dulzura andando.

¿Tan necesitado estaba de amor que se conformaba con la bondad de una pequeña la cual no conocía?

No quiso responderse.

<Mi papá es un buen mecánico, verás que te arregla esa bicicleta, a mi me ha arreglado muchas, es más, una vez me hizo un cochecito en forma de elefante, lo malo es que lo vendió porque dijo que yo era muy pequeña para tenerlo, pero me prometió que cuando tuviera cinco años me haría uno más bonito>

Las palabras de la pequeña eran dulces, no tenía nada de pastoso como suelen hablar algunos niños a esa edad, al contrario, la claridad en cada vocal y consonante eran notorias. Esa pequeña era demasiado lista.

Miro a la señorita que iba a un lado de ella. Curiosamente no decía nada, ni siquiera un pío, simplemente se limitaba a sonreír con las ocurrencias de su pequeña.

Por alguna extraña razón deseo saber más acerca de esas mujeres, pero lo más curioso de todo es que el parecido era semejante a…. movió de un lado a otro su cabeza. No era imposible, o no lo sabía. No quiso enterarse. No ahora. Recordar para que su corazón se estrujara era insoportable. El dolor que sentía era único en su clase. Se había ido por amor y regresaba por amor. Sin embargo, nunca lo dijo ¿Por qué entonces encontrar algún culpable? No sabía. Si había alguien que no tenía derecho a reclamar, era él, sus pocas palabras y su gran sueño fue lo que lo precipito a irse. Cinco años después estaba de regreso, pero ¿Buscando qué? ¿A él?

La manita de la pequeña se asía con más fuerza a la suya. ¿Por qué? Es decir ¿Qué pasaba por la cabecita de la pequeña en el momento en que tomaba su mano de esa forma? ¿Qué sentía? ¿Es qué acaso su madre no estaba a un lado? ¿Por qué entonces tomarlo de esa forma?

Tantas preguntas y ninguna respuesta. Movió su cabeza de un lado a otro, definitivamente no era el momento de pensar en eso. Había que dejar que todo siguiera su cause, como alguna vez debió ser. Aprendió a que jamás hay que interrumpirlo tan abruptamente, pero casi se ahoga por la imprudencia, sin embargo, sobrevivió, aprendió y...

<¡Mira!> musito la pequeña señalando con un dedo <Esa es mi casa, ¿verdad que esta bonita?> Sus ojos se llenaron de lagrimas en un santiamén, pero no dejo que salieran más allá de sus cuencas. ¡Era imposible!. Sin embargo ahí estaba la evidencia, no podía ser. Significaba entonces que esa pequeña era su hija y que esa mujer, con la que había tropezado, era su esposa. Debió imaginarlo.

Se deshizo de la mano de la pequeña antes de dar el último paso. No quería entrar, no quería saber nada de él, deseaba morirse. ¿Por qué? ¿Por qué demonios regreso? ¿A qué? Si todo se dijo aquel día ¿No? ¿Había algo pendiente?

Su cuerpo tembló entero.

<¿Sucede algo?> le pregunto la pequeña a lo que él solo se limito a sonreír, con ironía y tristeza. ¿Cuándo? ¿En qué momento había aprendido a hacerlo? ¿Quién  le enseño?

No otra vez, por favor.

La marejada de recuerdos y el azotamiento de ese sentimiento estaban tan presentes. Había sido él, única y exclusivamente él. No había nadie más en su vida, nunca lo hubo, siempre estaría ese sujeto de  hebras rojizas como cabellos y ojos almendrados incrustados en sus cuencas.

Suspiro ante tal crueldad. El pasado regresaba al presente, estaba ahí, lo podía sentir palpitar en su corazón. Cada gota de sangre que le recorría su torrente sanguíneo estaba envenenado por ese sentimiento. Quiso llorar ante tal desgracia, pero no pudo o mejor dicho, no lo deseo.

Cruel, despiadado, brutal e inhumano. ¡Si! Esa eran las palabras y sus sinónimos perfectos para describir a ese maldito sentimiento que tenía en las venas. Se restregó sus ojos con fuerza. Ya no más. Si antes pudo deshacerse de él ¿Por qué esta vez no podría?

Huyo ¿Y qué? Cualquier persona cuerda lo hubiera echo ¿No? Deseo desaparecer antes que decirle que le amaba, que sentir sus labios pegados a los suyos y hacerle el amor, entregarse a él y viceversa. Se largo antes que todo ello sucediera. ¿Por qué entonces los recuerdos le laceraban la mente con tanta intensidad? ¿Por qué el destino se había enemistado con él a estas alturas de su vida? ¿Qué objeto tenía?

Nuevamente un torrente de preguntas llenas de cizaña se le metieron en la mente.

¡Recordar como amar!

Parecía que era la frase que estaba presente en su raciocinio. No había más.

¡Evocar el odio!

Otra vez no, por favor.

<¿Te pasa algo?> Nuevamente esa voz dulce y llena de sentimiento. Miro a la pequeña que había cogido su mano nuevamente. ¡Que impertinencia! Pero cuanto lo deseaba.  <¡Ven! Mamá debe estar esperándonos!> susurro suavemente mientras sentía como lo jalaban y era llevado al interior de esa casa la cual conocía a la perfección.

Fue obligado, materialmente, por la pequeña a sentarse en un pequeño sillón blanco. Le dijo que era cómodo ya que era el preferido de su padre. No le tomo demasiado tiempo para darle la razón a la pequeña. Su perfume propio, su olor único, estaban ahí, impregnados en la tela aterciopelada que cubría el respaldo del sillón. Se recargo por completo, olvidándose del mundo, cerro sus ojos y se concentró en el olor, en el momento en que las hebras rojizas tocaran el mismo lugar en donde estaban las de él azabache.

¡Delicioso!

No había nada más exótico y sublime que aquello. Por un pequeñísimo instante imagino algo monstruoso y excitante. Hacer el amor con él en ese mismo sillón. Ese mismo que él le había regalado en su cumpleaños décimo noveno, un mes antes de irse.

Aún lo tenía consigo. Fue incredulidad lo que sintió al verlo, satisfacción al sentarse en él y comenzar a soñar. Evocar viejos recuerdos mientras se sentía parte de él.

Al abrir los ojos miro lo inexplicable, lo insólito. En la mesita cerca del sillón había un pequeño álbum con una fotografía... ¡Imposible! Esa fotografía era... era de él anotando una canasta. Miro el encabezado “Súper Rockie da la victoria a su equipo una vez más”

¡NO! Era imposible. Sintió como su órgano salía de su pecho, sus neuronas confundidas intentaban golpearse una a otra, aunque sabía que era imposible por la distancia que había entre estas, sin embargo la reacción inmediata vino, el cuerpo le tembló y de sus ojos comenzaron a salir miles de lagrimas.

Acerco su mano temblorosa, y abrió el álbum recorrió cartoncillo por cartoncillo, incrédulo ante lo que sus ojos veían. No había nada más que él, recortes de él, algunos bien hechos otros con dificultad. Mordió con fuerza sus labio inferior al observar la última foto. Estaba con él, abrazados por los hombros en un lago. Lo recordó nítidamente, ese día habían ido a recorrer una montaña en bicicleta, se había dormido y habían quedado varados en ese lago. Alguien les había echo el favor de tomarles esa foto. No imagino que aún existiera tal, mejor dicho, pensó que esa fotografía junto con el recuerdo habían desaparecido.

<¿Quieres té?> escucho decir a la pequeña que se encontraba a sus espaldas. <¡Ah! Veo que has visto el tesoro de papá> ¿QUÉ? ¿Tesoro? No podía ser cierto. En menos de cinco minutos el corazón se le había revolcado y estrujado tan violentamente que dudaba que una vez más resistiera. <Yo le ayude a recortar algunas imágenes tuyas..> Kaede la miro atónito, a esas alturas ella ya estaba sentada en sus piernas <¿Por qué lloras?> sintió como la manita de la pequeña pasaba por sus mejillas. <No lo hagas. Papá es bueno y dice que nunca te ha olvidado> más calaron las palabras de la pequeña en su corazón que ninguna otra daga que existiera en el mundo.

¡Imposible!

<Ven, te enseñare algo más> La pequeña, de hasta ahora nombre desconocido, lo condujo hasta una habitación. Era de suponerse cual era, el había estado miles de veces ahí, dormido o jugando, peleando o mirando el televisor. La habitación de él.

Una vez más el corazón palpito violentamente.

¿Cuánto más resistiría?

Al entrar miro lo inconcebible. Posters que el había jurado haber perdido o tirado. Miro un par que estaban rotos. ¡No! Era demasiado. Juro que aquellos los había echo pedazos el mismo día en que miro por ultima vez su propia habitación, en ese departamento lúgubre y oscuro que habitaba cuando había residido en Kanawaga.

<Mi papi me dijo que se paso noches enteras en pegarlos> musito la pequeña a sus espaldas en el mismo instante en el que él los tocaba con incredulidad. Era... ¡Esto era demasiado!

¡Basta! ¡Basta ya de tantos tormentos! ¿Qué querían lograr? Quien quiera que estuviera aferrado, hasta con un látigo quizás, en hacerle entender que había sido un completo estúpido al haberse ido.

Como si aquello no fuese suficiente, pronto reparo en toda la habitación, estaba llena de fotografías de ellos, pegadas por doquier.

¡NO! Eso era más que imposible.

En un estante de vidrio miro algo más. Trofeos. Dos trofeos relucían omnipotentes. Eran... eran aquellos dos que habían ganado en el campeonato nacional. ¿Cómo los había conseguido? Un poco más para su corazón ya lacerado. Un conjunto deportivo azul marino colgaba del closet, el cual tenía una de sus puertas corredizas abiertas.

¡No!

Si. Era de él. Ese conjunto con una palomita en la parte derecha del rompe vientos y otra en la parte inferior del pants estaba colgado a lado de uno rojizo. Recordó,  inmaculadamente, como es que ellos dos salían a correr con esos conjuntos.

Se ahogo en su sufrimiento y las lágrimas brotaron aún más desesperadas.

¡Era todo! No iba a aguantar nada más.

<El te quiere mucho> susurro entonces la pequeña.

¡BASTA! Es que no habían entendido Ya no quería más.

Sintió las manitas de la nenita pasar por su cintura y su pequeño cuerpecito recargarse en sus piernas. ¡Kamisama! Cuanto sufrimiento y la pequeña, su hija, lo estaba consolando, pero.. a pesar de todo había algo que no encajaba del todo en la escena... pero ¿Qué era? ¡No! No era el momento para ponerse a pensar en ello, lo único que sentía era miles de espinitas como dagas en su pecho que estaban enterradas minuciosamente en su corazón de tal forma que sangraba gota a gota y a su vez su órgano vital se vaciaba poco a poco del líquido rojizo.

Tomo el cuerpo de la pequeña entre sus brazos, la alzo hasta refugiar su cabellera negruzca en su cuellito blanquecino.

¡Era todo! No aguantaba más.

El cuerpo le pesó, completamente. No supo como ni cuando pero la pequeña cayo al suelo sin hacer el menor ruido, ni siquiera un quejido proveniente de sus pequeños labios rosaditos. Nada. Su humanidad cayo al piso sin previo aviso. Suficiente había aguantado tantas emociones, una más ya no lo soporto. Lo último que resonó en su mente fueron las palabras de la chiquilla: El te quiere mucho.

Sus ojos azulados miraron por ultima vez a la pequeña señorita con cabellera abundante con sus ojitos almendrados llenos de lagrimitas y un pequeño sollozo con hipo de por medio. Trato de alcanzar su cuerpecito con una de sus manos pero todo le fue en vano, estaba cansado y agobiado, su cuerpo había resistido demasiado hasta el día de hoy, su cerebro y su alma habían llegado al límite de lo aceptado.

Después todo se torno negro, nada más que mirar ni siquiera recordar, la visión se le nublo y en sus pensamientos solo observo un manto negro con pequeñas lucecitas blanquecinas destellantes. No había nada más sino un simple vació intentando ser algo.

 

 

 

Abrió sus ojos, la cabeza le dolía horrores. Trato de enfocar donde estaba. ¡Kamisama! Ese no era su apartamento, ni siquiera se parecía en lo mínimo a el. Intento recordar los últimos acontecimientos. ¿Qué había sucedido antes de caer envuelto en esa negrura?

Recordó.

Los ojos se le llenaron de lagrimas al instante.

Un pequeño trapito blanco apareció enfrente de él. Miro con detenimiento, era un pañuelo rosita con una pequeña florecita bordada en medio. Observo la manita, un poco más y unos cabellos en forma de rulos cubrían parte de la frente de la chiquita.

<No llores> susurro la niña <Toma mi pañuelo, lo hice yo.. ¿verdad que esta bonito?> una sonrisita fue su consuelo. Esa sonrisa se parecía tanto a la de....

¡NO! ¡Basta ya de recuerdos! ¡Ya no más! Por favor...

<¿Cómo te sientes? Has dormido casi toda la tarde, me diste un susto espantoso sabes. Yo ayude a mi mami a colocarte en la cama de mi papi> un pequeño quejido salió de sus labios. <No es para que te pongas así, es que estas muy pesado y no podíamos dejarte en el piso...>

Sus ojos azules chocaron con esos almendrados. Era igualita a él, sus ojos, sus facciones solo cambiaba en algo, las canicas de la pequeña eran un poco más aceitunados, pero de ahí en fuera todo era parecido, por lo menos en su rostro.

<Me llamo Sakuragi Rei y tu eres Rukawa – San> las perlitas de sus dientes aparecieron al pronunciar su nombre.

Sakuragi Rei.

El nombre le resonó por toda su cavidad craneana.

<Veo que esta despierto> una voz femenina se escucho cerca de la puerta. <Le traigo un poco de té para que se sienta mejor. Rei, hija, deja al señor en paz, no lo agobies. Vente es hora de irnos.> la niña miro a su madre con ojos suplicantes <No me mire de esa forma jovencita. Venga para acá, es hora de irnos...>

<Pero mamita... yo quiero estar con Rukawa-San> chillo la pequeña

<¡No!> le contesto a su pequeña. Los ojos verdosos se toparon con los suyos azules, miro como sus labios comenzaban a moverse <Señor queda usted en su casa>

Rukawa miro toda la escena con un interrogante tamaño mundo. ¿Por qué iban a dejar a un extraño en su casa? Quiso protestar pero no le salieron las palabras ya que la pequeña se había acercado a él y le había dado un pequeño beso en su mejilla derecha.

<Adiós Rukawa-San, vendré mañana a visitarlo>

¿Uh? ¿Mañana? Más interrogantes aparecieron en su cabeza.

La mujer salió con la mano en alto con la pequeña tomándole la mano izquierda. Que familia tan extraña le habían parecido, pero no era el momento de pensar en ello si no en otro par de cosas. Bajo un poco la cabeza al sentir que las lagrimas comenzaban a desparramarse por sus mejillas, saliendo alborotadamente de sus lagrimeros. Todo lo que le estaba sucediendo no podía ser cierto. Él estaba felizmente casado, tenía una hermosa pequeña la cual lo había conquistado casi de inmediato con ese sutil encanto que llevaba por dentro.

De tal palo tal astilla.

Era un dicho bien aplicado en esa situación.

Suspiro hondo, era el momento de salir de aquella cama, de la habitación y de la casa. No tenía absolutamente nada que hacer, tampoco era tan estúpido como para quedarse esperando a alguien que ya tenía dueño.

Cerró sus ojos y suspiro nuevamente. Era el momento de partir.

Algo le provoco que se acercara a la ventana. ¡Claro! Eran aquellas estrellas, hermosas y bellas, el cielo cubierto de negro con esos puntitos blancos brillando a sus ojos. Incandescentes bolas de gas que estaban esparcidas por todo el universo y se encontraban a miles de kilómetros de la tierra.

Una lagrima más se cernió sobre sus bellas mejillas.

Cinco años habían pasado ya. ¡Qué rápido se había ido el tiempo!, más sin embargo, la herida que tenía en el corazón no decía lo mismo. Tantos años si su amado monito de ojos castaños claros.

Otra lagrima se deposito en su mejilla izquierda.

¿Era acaso el momento de empezar a recordar?

Parecía que si. Toda la catarata de recuerdos regreso a su mente en un santiamén. ¡Que lugar tan perfecto para recordar!. Se asió de la ventana, sus cabellos azabaches eran revueltos por el frío viento que provenía de la parte de afuera. Sonrió. Le encantaba sentir la brisa sobre su rostro.

Cerro sus ojos mientras dejaba que sus lágrimas fueran secadas poco a poco por el caprichoso viento congelado invernal.

¿Cuánto tiempo tenía de haber sucedido aquello? Siete años para ser más exactos, el tiempo en el que su corazón decidió amarlo.

Mordió sus labios.

 

 

 

Había pasado el primer año escolar, para desgracia del equipo Shohoku habían perdido las nacionales a causa de ... ¡No! Difícil reconocer que ese estúpido baka había faltado en ese último partido. Había estado tan cerca de la victoria y sin pedir permiso se había ido de sus manos, pero que maldita había sido su suerte en aquellos momentos. Si no hubiera sido por él, si tan solo ese baka hubiera tomado ese rebote tan indispensable, si por lo menos le hubieran dado un pase.... pero no estaba. Su cuerpo junto con su bufonada estaban en una cama a muchos kilómetros de él a causa de su lesión en la espalda. Al final habría que aceptarlo. Si hubiera sido por él y sus mágicos rebotes y tiros de media distancia hubieran ganado.

¡Ah! Qué difícil era aceptar aquello. Ese maldito mono bufón, do’ahou estúpido era endemoniadamente bueno, de do’ahou ya no tenía absolutamente nada de tensai lo tenía todo.

Había llegado al lugar indicado. ¿Por qué? ¿Por qué él y no otro? No sabía porque. Otra vez la suerte se había ensañado con él. Ese maldito papelito le había cambiado todas sus perspectivas, todo sus deseos de olvidarse que había sido la causa principal de que ellos no ganaran, de que su sueño de obtener el campeonato nacional no había sido posible porque ese baka no había estado y encima de todo le había tocado el papelito en el que indicaba que él tenía que cuidarlo en el verano.

Estaba en la puerta, con un montonal de bolsas en la mano. ¡Demonios! A esas alturas todos estaban divirtiéndose de lo lindo en la playa, ya que Anzai había propuesto que salieran unas vacaciones pero había tenido la magnifica idea de sortear unos papelitos para saber quien sería el alma caritativa que ayudaría al joven Sakuragi – como él le decía – y.. Bueno el resto de la historia ya la sabía, él había sido esa alma caritativa.

Bufo exasperado.

Toco la puerta un par de veces hasta que recibió un – pase – del integrante de aquella habitación. ¡Kamisama! ¡Qué difícil la iba a pasar aquel verano!. Volvió a respirar hondo, abrió la puerta y entro.

Obviamente no estaba preparado para mirar lo que le esperaba a sus ojos. Mirar a ese do’ahou escandaloso tirado en una cama sin hacer completamente nada fue un impacto emocional, no podía creerlo. Estaba con sus párpados hinchados y sus ojos envueltos en una delicada capa roja, con la mirada perdida observando el techo solamente. No había nada más. Quizás ni siquiera se había percatado de su presencia, no lo sabía, ya que ni un – apestoso Kitsune – había recibido de su parte.

<¡Do’ahou!> susurro quedamente mientras se acercaba, por alguna extraña razón, tembloroso hacía él.

<¡Hmmmm! Así que tu me cuidaras ¡eh! Que puta suerte tengo, primero mi lesión y después tú> ¡Ah! Qué despectivo sonaba todo él. Sus palabras dolieron por alguna extraña razón pero hizo caso omiso a ello solo se dedico a poner un pequeño ramillete de flores que había enviado esa chiquilla de pelo castaño claro y ojos azules, llamada... llamada... ¡Ah! No sabía pero sabía que era la hermana del capitán Akagi.

El olor a margaritas invadió el lugar. ¡Qué fragancia tan más exquisita! El suave aroma le entro por sus fosas nasales. Idea magnifica de llevar el ramillete de la niña boba. Se acerco al sanitario para tomar un poco de agua en una pequeña vasija de cristal para depositar las flores.

Después no supo que hacer, es decir, ¿Qué tenía que hacer para cuidarlo? No se le ocurrió absolutamente nada, solo sabía que debía quedarse en esa habitación. ¡Bah! ¡Qué fastidio! ¡Qué suerte!. Se recostó en el sillón – cama café oscuro que estaba un tanto cerca de la cama de ese tonto. Sus ojos miraron la ventana quedando embelesado con los rayos amarillentos que se reflejaban en el cristal.

No supo en que momento sucedió pero quedo completamente dormido. No había ruido que le molestara ni siquiera una mosca o abeja zumbando en sus orejas. Nada. Absoluta calma podía sentir en aquellas cuatro paredes pintadas de blanco.

¡Que curioso! Pensar que había imaginado que ese pelirrojo lo iba agarrar de su esclavo.

¡Eh! ¿Pensando en ese idiota?

Solo algo lo despertó de su sueño. Abrió sus ojos y miro la ventana, era de noche, el manto oscuro invadía el cielo, pero había algo que lo estaba inquietando. Un sonido espeluznante y lleno de sentimientos. Se sentó en el sillón y localizo el sonido. Eran unos leven gemidos provenientes de la cama de.... ¡Ay! No podía ser.

Se levanto rápidamente y se acerco a la cama. ¡Si! Era él. Sus pequeños sonidos se intensificaban a cada momento. Estaba llorando. Sin embargo, estaba completamente dormido, echo un ovillo en las sabanas, titiritando quizás de frío o temor, no lo sabía. ¿Qué hacer?.  Se acerco al closet encontrando un par de cobijas, las extendió por completo y las deposito suavemente sobre el cuerpo de ese do’ahou.

Con incredulidad miro que su acto había sido completamente en vano, ahora titiritaba con más fuerza. ¡No podía ser cierto! ¿Qué tenía que hacer para calmarlo por lo menos un poco? Una mano cálida sintió que se apoyaba en la suya. Tembló al contacto. Sus ojos azules miraron destellantes unas almendradas.

¡Estaba despierto!

<Por favor> suplico el pelirrojo <No me dejes>

¿NANI? Un tremendo shock fue lo que recibió su cuerpo en aquellos instantes, pero no hubo tiempo para pensarlo, su cuerpo se había introducido de manera inmediata entre las sabanas, recostándose a un lado de él, sintiendo su calor y sus suspiros.

El corazón se le congelo al sentir que era abrazado en el pecho y unos pelos rojizos, juguetones rozaban su barbilla.

<¡Arigatou!> escucho en un susurro.

No hubo nada más. No más titiriteos, no más sollozo, nada de nada, solo su cabeza apoyada en su pecho mientras sus cálidos brazos rodeaban su pecho. Por alguna extraña razón lo encontró reconfortante. No supo nada más, solo que su corazón estaba bombeando rápidamente y su cuerpo sentía miles de sensaciones extrañas. Todo ello lo había provocado ese simple contacto.

Fue suficiente.

Todo había comenzando en ese momento.

Fue un mes, más o menos, lo que transcurrió para que ellos dos se volvieran verdaderos amigos. La compañía del ahora Hanamichi y después Hana había provocado que el hielo que existía en su interior se derritiera poco a poco. Sus bufonadas, tonterías, ocurrencias y todo lo que conllevaba su persona habían logrado entrar en su corazón, primero como amigo, el único en su vida y después... solo que ese después nunca se atrevió a confesar.

¡Jamás!

Era una falta de respeto terrible para su amigo y para su propia persona.

Ni siquiera un escueto adiós salió de sus labios el día que decidió marcharse a Inglaterra. Lo había arreglado todo, preparado minuciosamente de tal forma que nadie se enterara de su partida hasta el día de su melancólica huída.

¡Todo!

Absolutamente todo era mejor antes que verlo junto a esa niña de ojos azules y cabello café. Mil veces preferible verlo en sus sueños junto a él antes de verlo junto a esa niñita que con tanto cariño le decía: Haru – Chan.

Un beso fue la determinación, fue la calamidad que le ayudo a decidirse por completo.

Ese día estaba decidido, decirle que le amaba le iba a quitar un gran peso de encima. Solo tenía dos opciones, que él le contestara un altisonante: ¡Lárgate! No te quiero ver más; o en su defecto: Intentare corresponderte. Sabía que la segunda opción era la más descabellada de las dos, pero ¿Qué perdía con decírselo? Al contrario, ganaría mucho y lo sabía. Tendría su odio o su amor, ¡Qué más quería!. Durante dos años había estado enamorado de él como un perro estúpido única y exclusivamente conformándose con su cariño que se llamaba: amistad.  Era todo lo que había tenido de él.

Ahora, por primera vez en toda su existencia estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Tenerlo o no. Eso era lo más importante. Sabía que si le respondía su primera opción ya estaría todo preparado para irse en cambio si le contestaba la segunda se quedaría eternamente cuidándolo, amándolo y mimándolo hasta el final de su existencia o hasta que su amor se lo permitiera.

Caminaba con un rumbo fijo, por primera vez, en toda su vida llena de frialdad, egoísmo y “autonomía” estaba por hacer algo que verdaderamente cambiaría su vida, para bien o para mal. Llevaba puesto un traje negro, lo había comprado en una tienda departamental, la más lujosa del Japón entero, solo por él. Una orquídea violeta relucía en el bolsillo izquierdo de su saco. Exquisita flor con bellos colores. El vendedor le había dicho que pertenecía a una especie de la orquídea muy rara, decía que los científicos le denominaban  Cypripedium.

Un poco más le dijo entonces al mirar que su cliente se veía sumamente interesado en esa rara especie tropical. Era terrestre, ya que crecía enraizada en el suelo, a diferencia de las epifitas que crecían sobre las ramas de los árboles u otro apoyo, que eran las más conocidas. Tres sepalos, muy coloreados, le decía con mayor audacia, siempre tenían tres. Dos de los tres pétalos eran semejantes en forma y muy coloridos, mientras que el tercero, al que le decían labelo, era el diferente, el modificado tanto en tamaño como en color. Este labelo era la característica más impresionante de la orquídea en general, podía ser grande y liso, con bordes lisos o rizados según la especie, pero si lo aplicábamos a esa en especial todo lo bello se caracterizaba en esta violácea.

Suficientes palabras. Esa excentricidad de flor tenía que llegar a manos de su amado. Ese sería el principio o el final. Si la aceptaba, admitía su amor. Si la rechazaba, refutaba su amor.

Un perfume se expedía de su pecho izquierdo, dulce y fresco, mejor que cualquier perfume fino que se hubiera echo sobre la faz de la tierra. Era esa bella flor, tan hermosa y linda como al que le pertenecía desde el momento que la compro al viejito con hebras blancas y un bastón como apoyo en su brazo derecho.

Todo estaba perfecto.

Traje, flores, e incluso unos chocolates con relleno de diferentes sabores envueltos en una canastita de mimbre que colgaba de sus dedos blanquecinos y largos, conformaban el atuendo.

Un último respiro antes de llegar al lugar pactado. Al parque de sus sueños, en donde jugaban y quedaban dormidos después de extenuantes desafíos. Era la hora para jugar, según indicaba la lucecita parpadeante de su reloj con una palomita en el centro.

Ahora o nunca.

Lágrimas y un pequeño gemido de infelicidad salieron de sus labios al llegar a la canchita y mirar la escena de amor que se propagaba. Unos brazos de mujer rodeaban el cuello del que deseaba fuera su amante.

No hubo más.

La pequeña flor que le había comprado encontró su lugar en el verde pasto. El cesto de chocolates igualmente cayo, con los dulces finamente escogidos, revolcándose en la húmeda tierra.

Todo había terminado sin siquiera haber empezado.

Una nueva lágrima rodó por su mejilla antes de darse la media vuelta para nunca más regresar, o al menos eso era lo que el creía.

 

 

Cinco años después estaba de ahí, en la habitación en la que tanto le gustaba dormir,  mirando su propia crucifixión. Apoyado en esa ventana, con sus cabellos revolviéndose por el helado viento, con sus mejillas llenas de lágrimas y sus párpados más que hinchados, tal cual como estaban en el avión el día que se había marchado. 

Una sonrisa irónica apareció como gesto en sus labios.

Había regresado. No sintió el mismo tormento al momento en que la chiquilla le había tomado su mano, al contrario, una calidez le había invadido el corazón. No estaba fraccionado en mil pedazos, no como la última vez, sin embargo, ahí estaba. El dolor había encontrado un rinconcito en su corazón que a minuto se propagaba por el resto de su cuerpo.

Angustia. Dolor.

¡Suficiente!

Era el momento de salir, huir nuevamente. Ya no deseaba volver nunca más. Caminar solo por la vida, sin la mano de su amado cogiendo la suya, eso era más que imposible ahora, si es que en algún momento imagino que aquello podría convertirse en una realidad.

El estaba casado y tenía una familia.

Cerró sus ojos, deseando que fuese la última vez que ellos miraran aquella panorámica desde aquella ventana. Ya no más dolor, por favor, ya no más angustia, ya no quería que su corazón sufriera más, aunque sabía que ello era imposible. Su corazón le pertenecía a él, pelirrojo y bufón en aquellos tiempos, con la melena llegándole a la altura de sus hombros y con ciertos rizos que se le formaban de vez en cuando, casi lacio en la parte media cuando se lo agarraba con una coleta. Así lo deseaba recordar, solo, junto a él en aquellos años mozos, sin recuerdo o remordimiento alguno que opacaran su escasa felicidad a lado de su monito de ojos almendrados.

<Aishiteru> susurro <Mis palabras se las llevara el viento, como siempre sucedió…> se armo de valor para soltar aquella ventana. Una fuerza sobrehumana tuvo que invadirlo para dar el primer paso de espaldas hacia la salida. Una ultima mirada al cuarto de su amado. Un postrero a todo lo que había sido su vida de adolescente. Dejar el pasado ahí, vivir el presente y pensar en el futuro.

¡Sin Él!

<¡Adiós para siempre amado do’ahou!> las mismas palabras que habían salido de sus labios al momento de tomar el avión hacia su nueva vida en Inglaterra, curiosamente habían salido nuevamente.

Paro solo un momento para observar todo de nuevo, una última ojeada, solo necesitaba eso. No quería más que llevarse ese grandioso recuerdo en su corazón y que ahí viviera para siempre. Solo eso, no más.

Camino nuevamente, pero sintió algo detrás de él. Sonrió. Había sido tan tonto como para tropezar con la puerta. Una sonrisa se formo en sus labios, a mil leguas se notaba que no deseaba abandonar aquel lugar, pero era necesario, él ya no formaría parte de la vida de su pelirrojo pero ni de chiste. Tenía que meterse en la cabeza que estaba casado y tenía una hermosa nenita. ¿Qué más quería para darse cuenta que ya no pertenecía a su mundo? Con tristeza se dio cuenta que dejo de existir en tal el día que partió, en el momento en que lo vio besarse con esa niña.

Tomo fuerzas nuevamente, dispuesto a partir. Giro sobre sus pies, era el momento de darle la espalda a todo lo que conocía, era el punto en el que tenía que ser fuerte para dejar el amor de su vida atrás.

Ahora o nunca.

Un nuevo tropiezo evito el paso.

Tonto y torpe, pensó antes de abrir los ojos.

<¿Cómo se nota que no quieres marcharte?> Una voz. Aquella inconfundible, aún con el paso de los años. ¡No! ¡Imposible! Todo menos eso, una suplica que deseaba fuera escuchada. Todo, por el amor de dios, todo menos su presencia que haría que inevitablemente anhelara quedarse, por lo menos unos segundos más.

Abrió sus ojos, lentamente observo un par de piernas que indudablemente le estaban tapando el paso. ¡Oh No!. Con lentitud recorrió el cuerpo.

¡Era Él!

Miedo e inquietud fue lo que le provoco temblar. Su cuerpo comenzó a sentir miles de sensaciones extrañas en forma de pequeños rayitos que electrizaban su humanidad.

Alzo la mirada hasta llegar a su pecho. ¿Cuánto más soportaría sin echarse a sus brazos y llorar por verlo nuevamente? No lo sabía, pero si tenía muy en cuenta que si no salía rápidamente de aquel lugar simplemente no desearía salir de su vida nuevamente.

Finalmente llego a sus ojos. Estaban envueltos en agüita, esa capita transparente que se torna alrededor de los párpados al momento de sollozar.

<Ha… Hana.. mi… chi….> susurro torpemente mientras sentía como su cuerpo era rodeado por aquellos fuertes y bronceados brazos.

¡Si! Más por favor. Deseaba mucho más que el simple roce de sus cabellos rojizos con su cuello y sus lágrimas recorrerle la espalda, al menos las que alcanzaban a entrar por el cuello de su camisa. Eternamente quedarse de esa forma con él, uniendo su cuerpo y saberse amado y extrañado, pero aquello era más que imposible.

Debía reaccionar y darse cuenta que su mundo y su vida ya estaba echa y que él no tenía cabida en tal.

Con fuerza sobrenatural trato de deshacerse de aquel abrazo, pero todo fue inútil, sus brazos estaban rodeándolo por completo. La fuerza ejercida era inhumana. ¡¿Qué hacer Kamisama?! Quiso protestar pero de su boca no salía palabra alguna. Deseo decirle que lo soltara, que no se aferrara de tal forma a su cuerpo, que pronto se marcharía nuevamente, pero no pudo. Cerró sus ojos, derrotado ante la escena, ante su propia vulnerabilidad. Aferro sus manos a su cintura y espalda tratando de tranquilizarle un poco el sollozo. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

¡Utópico!

Uno nuevo le atormento el corazón.

¡Quimérico!

Uno más le helo su órgano vital.

¡Absurdo!

Trato de protestar, pero nuevamente no había vocales ni consonantes deseosas de formar palabras para quejarse.

¡No de nuevo!

Uno, dos, tres aunado a muchos más estremecimientos le siguieron a los anteriores. ¡Todo menos eso, por favor! Rogó al instante. Se deshacía como mantequilla ante sus labios al momento en que las gotitas saladas le invadían el rostro con más fuerza y frecuencia.

¡Besos! Muchos, varios, interminables besos era lo que sentía como escalofríos y estremecimientos sobre su cuello, querían ser millares.

¿Por qué?

Un suspiro consumió todo aquello.

Ahora solo veía un par de ojos almendrados que lo veían inquisidoramente. Unas manos tostadas sostenían su rostro con suavidad y a la vez con fuerza.

Quería rebelarse, pero no pudo o mejor dicho su corazón no quiso. Su raciocinio estaba deseosa por negarse, su alma por quedarse. ¡Ah! Que dilema, que exquisito y terrible conflicto. Cerro sus azulados ojos a la primera caricia que un par de dedos le provocaron en su rostro, al abrirlos estaba el ahí nuevamente, sonriendo, con esos maravillosos ojitos llenos de vida, con esas hermosas mejillas que tanto anhelo besar, con esos labios exquisitamente entreabiertos que estaban invitando a los suyos a profanarlos.

¡No más tentaciones! ¡Ya no más!

Sin embargo ahí estaban. Su rostro bañado en lágrimas como el suyo propio. Sus ojos, sus mejillas, sus labios, sus cabellos rojizos que caían sobre su rostro en pequeñas hebritas onduladas, su rostro entero le miraba con…

¡Imposible!

<Te extrañe tanto> susurro entonces.

¡Si! Habla. Quería oírlo. Deseaba escuchar su dulce voz parlando cuanta cosa quisiera. Inquiere todo cuanto desees. Musita solo para mí. Concédeme el deseo de escucharte una vez más, aunque todo esto sea solo un terrible y hermoso sueño.

<No vuelvas a dejarme…. Kaede….> no hubo tiempo para pensar en aquellas palabras, sus labios fueron robados al instante, antes de que de ellos saliera alguna protesta, algo.

¡OH! Que rico y exquisito sabía. Si era un sueño, por favor Kamisama, concedele no despertar. Que horroroso y horrible sería hacerlo. Fatídico para su propio corazón e inclusive para su propia cordura. Si se estaba volviendo completamente loco, dejando por de tras la racionalidad, no importaba, con tal de entregarse a aquel sueño que parecía tan real. Sus labios sabor a miel, su lengua recorriéndole su boca, sus manos, intrépidas y tímidas a la vez metiéndose por debajo de su camisa blanca, mientras que su espalda tocaba la fría pared, eran tan indiscutibles para su raciocinio.

Sintió ahogarse, pero no se concentro en ello. Deseaba que su cuerpo sintiera todo aquello como si fuese genuino. Asió sus manos con fuerza a su espalda, a aquella epidermis que tanto deseo tocar en aquellos años de juventud, anhelo acercarlo con más fuerza, sentir por lo menos un poquito que él le podría pertenecer. Solo un momentito, un poquito, un lapso de tiempo mínimo.

¡Aire!

Fue el maldito causante de su separación.

No deseaba abrir sus ojos, no quería darse cuenta que todo aquello había sido un sueño, algo ingrato que su neuronas le habían jugado como una mala pasada, sin embargo fue obligado. Unos ojos almendrados lo miraban en suplicia.

<Aishiteru>

¡Quimérico!

Sintió su cuerpo desvanecer, sus oídos habían escuchado mal. Preferible morir antes de saber que era una mentira.

Por segunda vez en el día su cuerpo desfalleció.

 

 

 Un sueño.

Su mente había imaginado todo lo que había sucedido. ¡Qué terrible y desdichado era! ¡Maldita  mente infeliz! ¿Cómo había podido jugar de tal forma con sus pensamientos? ¿Cómo era capaz de hacerle creer que aquel que amaba le había besado y le había dicho que le quería? Deseo llorar, sollozar hasta morir en la penumbra, en el pináculo de la locura.

¡No! No deseaba abrir sus ojos. Sabía que todo lo que había vivido había sido una mera fantasía de su mente tonta y torcida. Aferrar sus dedos y sus manos a la manta que le cubría si era necesario, zurcirse los parpados para ya no abrirlos nunca más, mientras que sus ojos concientes o inconscientes de que no podían ver imaginaban en la penumbra que él estaba ahí, a su lado.

¡Oh! Aborrecible sueño, imperdonable y ruin.

Morir antes de saber que todo era una falacia. Suicidarse antes de saber que había sido derrotado por su estúpido y miserable sueño. Arrojarse a un acantilado en donde, por el transcurso del descenso, podría imaginar que al morir estaría a su lado, como ángel, como demonio, como fantasma, como fuera, pero velaría su sueño, viviría eternamente a su lado.

Desdichado corazón quebrantado en miles de pedazos, incapaces de volver a reunirse para formar un solo fragmento, un todo en aquel mundo lleno de sangre y cuerdas cilíndricas que le rodeaban. Bombear para subsistir, para llenar de vida aquel cuerpo humano que deseaba dejar de existir. Arrojarse a la intemperie. La naturaleza le mandaba exprimir hasta la última oportunidad para ser parte de ese mundo, eso era lo que más le dañaba.

No podía morir hasta que el corazón lacerado dejara de palpitar, hasta que la señora madre decidiera que ya no formaba parte de ese mundo.

Un grito fue el detonador de toda aquella catástrofe.

< ¡Shhhhh! ¡Tranquilo no pasa nada amor!>

¡Obtuso!

¡No podía ser  cierto!

¡Era una mentira!

Por primera vez deseo abrir sus ojos y mirar que en verdad, su sueño fatídico no era más que una hermosa realidad.

Miedo le sobrellevo antes de emprender aquella ardua tarea, sin embargo, unas caricias suaves sobre sus mejillas y sus cabellos le incitaron a seguir adelante. La maquinaría que existía en su cerebro, las neuronas como locomotoras a toda velocidad intentaban reunir las chispas suficientes para mandar la ordenanza hasta los nervios de sus perlas azules para que se abrieran.

¡Si! Al final lo había logrado. Sus manos se asieron de la cabellera rojiza que caía sobre sus hombros jalándolo presuroso para tocar aquellos deliciosos labios, permitirse imaginar que todo era una realidad exitosa, que en verdad estaba a su lado, que el le había besado y le había dicho que le amaba.

Cerró sus ojos para deleitarse con esa lengua que le había explorado antes. Sus dedos enredándose con la cabellera rojiza, la otra mano deleitándose con su espalda desnuda.

¿¡Desnuda!?

Abrió sus ojos tan rápido como pudo para mirar el semblante de aquel hombre al que amaba.

¡Destocado!

Sus ojos atravesaron el cuerpo entero, ni una prenda que le cubriera.

<¿Sorprendido?> la voz más dulce que había escuchado en su vida <Te fuiste una vez, una segunda ya no, y si lo haces primero serás mío para que en tus pérfidos sueños recuerdes que tienes un dueño>

¡Ah! ¡Qué hermosas palabras! ¡Deliciosas y dulces!  Pero... ¿Por qué tendría que haber un pero?

<Soy tuyo Hana, siempre he sido tuyo, pero.. tu esposa, tu hija... yoo..> Una risotada fuerte invadió el lugar. Confundido ante tal reacción, más porque unos labios se posaron de inmediato sobre los suyos, un cuerpo desnudo se abalanzó sobre el suyo cubierto.

Unas hebras rojizas jugueteaban con sus párpados, parecía que estaban deseosos por entrar en esas cuencas, acariciarlas y tocarlas con suavidad. Hacerle el amor a sus ojos con esas hebritas rojas.

<¡Hmmm! ¿Y por ello te irías nuevamente de mi lado? ¡Tonto y estúpido Kitsune!> ¡Qué forma de hablarle! ¡Qué manera de despreciarle!

Quiso llorar, sintió sus lagrimas a punto de salir, sin embargo fueron lamidas por una lengua antes de que intentaran salir.

<¡No esta vez Kaede!> musito con suma dulzura <Esta vez no te equivoques. Hiraku es mi hermana, ¿recuerdas? La que nunca conociste, la que vivió en Suecia con mis abuelos, y Rei es su hija>

<Pe... pero ella te dice papá...> quería que fuera verdad lo que le estaba diciendo, que no era una simple treta para aferrarlo más.

<Lo dice porque no tiene. Bueno, si tiene, pero entiende, él idiota dejo a Hiraku-Chan embarcada, y bueno, el único papá que ha conocido soy yo. Pero no seas tonto Kae, ¿tu crees que si yo fuera su papá le estaría diciendo acerca de ti? Porque es un hecho que esa niñita del demonio ya te dijo todo ¿Cierto?> No le quedo otro remedio más que asentir.

¡Kamisama!

¡Felicidad ven a mi!

Por primera vez, en tantos años lo vio tan cerca, tan pero tan cerca. Estaba con él, todo había sido una farsa de su mente, todo lo había malinterpretado como....

<Te fuiste sin siquiera dejarme explicarte, me abandonaste sin siquiera darme la oportunidad de decirte que te amaba. Huiste de mi al pensar que Haru-Chan y yo éramos amantes> Una cara en forma de interrogante apareció en su rostro. ¿Qué demonios significaba todo aquello? El lo había visto, él...

<Te mire, trate de alcanzarte ese día pero tu huiste, te escabulliste como un zorrito, no la bese, ¡Creeme! Tome tu orquídea y tus chocolates del suelo, estaban deliciosos, y tu flor aún sigue ahí mírala....>

¡Quimérico!

Ese hermoso regalo, aquella hermosa flor violácea estaba, hermosa, en un pequeño cubo de cristal. Una lágrima afloro.

Había sido tan tonto, tan estúpido, por qué no pudo darse cuenta antes, por qué sucedía todo esto ahora. Cerro sus ojos, el llanto y sollozo afloraron con fuerza, aferró el cuerpo de su amado, paso sus manos por su espalada, pidiendo perdón en cada palabra, pidiéndose disculpas a si mismo, a su corazón roto y fragmentado por estupidez suya. ¡Qué culpa había tenido! ¡Que estúpido había sido! La felicidad siempre estuvo tan pero tan cerca de él. Tenía una venda en sus ojos, una que, aunque tuviera sus manos sueltas para poder quitársela, no lo hizo. Por tonto, por incrédulo a pensar que “y vivieron felices para siempre” como en un cuento de hadas, eso no estaba destinado a él.

<¡Shhh! Tranquilo mi amor, ahora estoy yo aquí y no dejare que te vayas de mi lado, nunca más, y si tu planeas irte, yo te seguiré hasta el fin del mundo...>

<¡Bésame!> suplico mientras tomaba sus cabellos y hundía su lengua en esa boca que al primer contacto le habían parecido exquisita, ahora era vital.

Una oleada de besos sobrevino después de aquella petición.

Era la tarde ideal, afuera llovía, helaba y pequeñas bolitas de hielo denominadas granizo caían y golpeteaban cesantemente la ventana. Ambos se miraban, no importaba, un volcán explotaría en aquellos momentos, uno solamente, unido después de tanto tiempo al núcleo de su amada tierra.

< ¡Ámame! > susurro entonces <Hazme tuyo Hana, hazme el amor>

En un instante se dio cuenta que no había necesidad de pedirlo, puesto que en esos ojos y ese cuerpo no cabía otra idea que tomarlo, que hacerle el amor y despedazarle su virgen entrada.

Besos y caricias reconstruyeron aquel corazón que creía estar despedazado para jamás volver a unirse. Constantes “te amos” aunados a un par de “te deseo” ayudaron a que bombeara con esa energía y esa pasión.

Vivir. Ahora anhelaba más que nunca vivir. Existir sobre ese pedacito de tierra a lado de su amado pelirrojo, de su do’ahou.

 

 

Un avión sobrevolaba el Japón. Un par de jóvenes, excluidos de aquella hermosa panorámica que daban las montañas incitando la bienvenida, daban rienda suelta a sus más descabellados deseos.

Una boca, embadurnada con crema chantilly se deleitaba con un exquisito postre. Un banano de considerable tamaño. La lengua subía y bajaba, quitando cualquier rastro de la crema, saboreando el líquido salado que salía del fruto.

<¡Ah! Si… si sigues así harás que termine… eres un mañoso> susurro un chico que se encontraba sentado en el excusado del baño en donde parpadeaba la luz roja, indicando que este se encontraba ocupado.

<¡hmmmmm!> era la suntuosa respuesta. No había más que decir, más que morder fuertemente la toalla de manos con sus dientes para evitar que los gemidos salieran a diestra y siniestra de su boca. Cerro sus ojos, quería más, mucho más. Penetrarle o que le penetraran, no importaba, sentía exquisito cualquiera de las dos situaciones.

Su cuerpo entero estaba rebozando en crema, sus pezones rojizos delataban al autor de la obra, que minutos antes había estado ahí, atormentándolos con su lengua y sus dientes, chupándolos y mordisqueándolos hasta dejarlos palpitantes en rojo carmesí, hasta que su portador dijera basta, rogara porque parara y le dejara descansar esa parte de su cuerpo, que a su amante, tanto le gustaba tocar.

Un pequeño alarido salio de sus labios al momento en que un par de dedos se introducían en su entrada. Ya no era de dolor, era de satisfacción pura. Esa entrada se había amoldado perfectamente a ese sexo palpitante y grueso que ahora se encontraba en las propias manos de su amante, masturbándose con fiereza para seguirle el paso.

Cada día que había pasado a lado de él habían hecho el amor, una y muchas más veces, si se necesitaba o se deseaba. Cada día era una forma nueva, una posición nueva, un nuevo lugar y con ello un reto. Ahora había tocado el sanitario del avión en el que viajaban.

El agua de la regadera caía en forma caprichosa sin ningún integrante bajo de ella, su labor era hacer ruido para evitar que sus gemidos se escucharan en todo el avión.

¡Ah! Qué feliz había sido el último año de su vida.

Sus ojos estaban entreabiertos junto con sus labios, extasiados por el placer que su amante de hebras rojizas le estaba proporcionando. ¡Ah! Que delicia. Sabía que lo volvía loco con esos dedos y esa boca y sin embargo no se percataba en aminorar su estadio en su entrada ni en su miembro. Era suavemente rico percibir aquellas oleadas de placer.

Solo un poco más y terminaría en su boca, como tantas veces lo había hecho, más sin embargo evitó pensar en ello, quería que su do’ahou disfrutara al máximo su cuerpo, disfrutara el placer que le proporcionaba jugar con su boca en su pené. Quería que el momento del orgasmo se prolongara lo más posible, minutos si aquello fuera viable.

Una boca se adueño de la suya, estaba tan hambriento de él como en el momento en que lo metió en el baño y cerro la puerta tras de si, aventándolo salvajemente sobre la tapa del excusado, sacando de su bolsillo un sobrecito que le habían proporcionado el día anterior a la hora de la cena para su pie de mango.

<Te deseo tanto Kaede> escucho decir. ¡Oh! Si, esas palabras no habían cambiado en lo absoluto desde aquel día en su cuarto. El día en que por alguna extraña razón el destino le había devuelto la felicidad, o al menos eso deseaba creer, aunque sabía que ella siempre había estado ahí.

Un beso suave y a la vez duro le fue proporcionado después de estas palabras. El sentirse amado, poseído y deseado era lo que le transmitían sus besos. Era de él y su pelirrojo era suyo igual. Ambos se pertenecían, en cuerpo y alma desde su adolescencia, simplemente, no se habían dado cuenta de que ambos se deseaban, se amaban con locura, hasta el punto de perder la razón el uno sin el otro, se necesitaban dejar y volver a verse para darse cuenta de que su amor rebasaba los límites permitidos, y solo aminoraban la velocidad en el momento en que estaban juntos.

Luces y destellos aparecieron en su cerebro, intoxicando todo lo que por dentro tenía que a su vez enviaba las mismas señales a través de su cuerpo. Estaba por terminar, era el inicio de aquel preciado lapsus de placer orgasmico. Asió sus manos con fuerza sobre su espalda a la vez que sus labios se fundían con los de él. Sus uñas eran cortas pero lograron lacerarle un poco su epidermis, no importándole al portador de esa espalda bronceada, al contrario, dándole más mucho más placer que cualquier otra cosa.

<Tómame Hana, ¡hazlo ya!> Aquello no era una suplica, era una orden que tenía que ser cumplida, si no las consecuencias vendrían en un minuto.

<Y si no lo hago...> El Peor de sus graves errores. Fuego fulmino aquellos ojos azules, destellando tonos violáceos con incrustaciones lujuriosas llenas de pasión.

El cuerpo bronceado de su amante fue aventado para hacer compañía a la regadera. El agua recorrió la humanidad acostada sobre la loseta amarilla – anaranjada en forma de pequeños cuadritos de cinco por cinco centímetros.

<Eres malo> musito entonces su amante do’ahou, que había echo caso a su sobrenombre <Demuéstrame el error de mi osadía>

Su pecho fue invadido por otro. Sus labios robados por otros. Sus cabellos revueltos con otros. Sus dedos entrelazados con otros. Sus piernas sujetadas por otras. Su hombría palpitante y erecta chocada con otra.

<Kitsune> inquirió antes de perder el control de su propio cuerpo, antes de que la fiera felina que estaba apoyado sobre él le poseyera con salvajismo y lujuria <¡Ahhhhhhhhhh!> Un alarido ahogado en una boca, para evitar que se propagara por las cuatro paredes del baño y quizás un poco más, fue el suplemento inicial de aquella bárbara intromisión. Uno más, de menor categoría, pero lleno de éxtasis fue ahogado nuevamente en aquella deliciosa boca, al momento en que una mano blanquecina tomaba con furia el sexo que había sido masturbado por las mismas manos bronceadas que ahora se aferraban a su blanquecina espalda.

Todo estaba hecho. El momento, el lugar. Absolutamente todo estaba predispuesto para fulminar su amor. Fundirse los dos en el acto sexual era para ellos demostrarse el uno al otro el cariño y el amor que sentían. Quien tomara a quien no importaba. Los preámbulos era lo que más importaba. Demostrar afecto a la hora de hacer el amor era lo que les llenaba de regocijo el corazón y el alma, las dos partes importantes para que su cuerpo siguiera funcionando debidamente, para saber que estaban vivos, que eran parte de ese mundo y podrían compartirlo a lado de quien amaban y les amaba.

Una pequeña cadena se desplegaba del cuello de ambos. Un dije partido por la mitad en forma de corazón indicaba de quien era dueño cada uno. Do’ahou relucía en el de Kaede; Kitsune en el de Hana.

<Aishiteru> susurro Kaede antes de sentir que su cuerpo explotaba.

<Aishiteru> fue la contestación antes de percibir que su miembro expulsaría todo el líquido que podría formular en los testículos del pelirrojo.

Un beso fue el pináculo de aquella obra de arte. Un abrazo fue el sucesor a lo primero.

Dos cuerpos desnudos, entrelazados en manos y piernas recibían gustosos el agua que caía sobre ellos. Recostados en aquellas deliciosas losetas amarillas anaranjadas para apaciguar su respiración y calmarse un poco antes de salir a su par de asientos.

<¿Nos habrán escuchado?> musito entonces el chico de ojos sesgados mientras sentía como unos dedos jugaban con sus labios.

<¿Te importa?> fue la contestación de su monito pelirrojo.

<¡Hmmmmm! Déjame pensar.... la última vez que nos descubrieron tuvimos que prometer que no volveríamos a volar por esa aerolínea nuevamente... y bueno, te diré, esta es la última que viaja a Japón y si nos descubren, creo, entonces, que tendremos que remar o viajar en bote para poder visitar a Hiraku – Chan, no crees?>

Una risita se escucho por el estrecho lugar.

<Mejor sería que Hiraku nos visitara a nosotros..> bufo el pelirrojo <Mi hermana esta loca, debería llevar a Rei para alla, yo no se porque insiste en que debemos venir nosotros y no ella>

Ambos se miraron al momento que escucharon una vocecita por la bocina: Señoras y señores estamos por descender al Aeropuerto internacional de Tokyo, Japón. Tengan la bondad de regresar a sus asientos y ponerse los cinturones para la protección de todos-.......

Lo demás ya no importo. Era la señal, la llamada de atención, si se podría decir así. Un ultimo beso antes de salir del lugar.

Kaede fue el primero en regresar. Se sentó, esperando miradas inquisidoras, pero eso no ocurrió, no los habían escuchado, al parecer. Miro por la ventanilla, la gran ciudad de Tokyo, con luces multicolores les daba la bienvenida. Sonrió.

Visitarían a Hiraku, la que alguna vez creyó que era la esposa de Hana; y volvería a ver a la preciosa Rei, esa niñita que tanto gustaba de su compañía.

Se recargo en su compañero que acababa de tomar asiento también. Cerro y entreabrió sus ojos, destellando un fulminante azul oscuro con brillo de por medio. Al fin su vida tomaba su rumbo. Al menos ya no se veía solo, caminando como un alma más por la vida, sin rumbo fijo.

OWARI 

Nota de la autora:

¡Ahhhh! Qué bonito =P
Para que no digan que hago puros fics tristes y no se cuanto más, aquí hay uno más empalagoso que nada, bonito verdad?  Bueno solo al final, sinceramente aquí entre ustedes y yo le iba a poner un final inconcluso, jajajajajaja! Pero si lo hacia la cumpleañera se iba a enojar conmigo =P

Este fic va dedicado a mi preciosa Vale por el día de su cumpleaños. Creíste que se me olvidaría cierto? Pues no fíjate, y si todo sale como tiene que salir Vicky bonita también te dará una sorpresa, así que creo que este fic será lo último que leas en el día, jejejejejejeje! =P

Soy mala.... ne! Eso es lo que estarás pensando. Quizá si lo soy, pero no mucho, jajajajajajajaja! =)
Además hice un fic bonito, aunque no te mereces nada (eso no es cierto, tu sabes que no) el chiste es que estoy esperando con una buena bolsita de golosinas y mucha agua, sentadita, para ver a que hora terminas los dos fics que tienes pendientes. Por lo  menos termina el de punto de inflexión no? espero la segunda parte con la súper orgía que prometiste. ¿Qué crees que ya se me olvido?
Bueno......
Te quiero muchisisisisisisisisisisisisisisisisimo, espero que te la pases de lo lindo (aunque yo no este =) )
Te mando muchos besos y muchos abrazos.
Te quiere:
Alex


P.D. Quejas, sugerencias, comentarios a:
 slamdk_00@yahoo.com 

Junio 16, 2003